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[Opinión] La caída del sistema

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No desearía aumentar su ansiedad o su angustia en estos días difíciles; pero urge avisarles –para que tomen acción en un buen sentido– que el mundo como lo conocemos hoy, se acabará. Lo de los últimos días en Chile, es una potente señal. Sin embargo, no se limita a nuestro contexto; en múltiples lugares del mundo podemos encontrar manifestaciones de descontento –por variadas razones– frente a sus regímenes y sistemas socio-políticos. Las protestas responden a diversos problemas conocidos y bien estudiados que azotan –en general– a casi todos los países. Pero el sistema no caerá por la emergencia de estos ya bien conocidos problemas; sino porque le quedan solo dos opciones: la ruptura de los ecosistemas que sostienen la vida provocando una extinción masiva; o una radical nueva forma de relación entre los humanos y el planeta. La primera opción sucederá si mantenemos el sistema político-económico –global– como esta; el otro si nos tomamos en serio el desafío y realmente queremos solucionar esta emergencia. Todo futuro cambio social debe tener muy presente esto.

Y no lo digo por dármelas de profeta o mesías; mucho peor, lo digo por andar escuchando a los eco-extremistas del FMI y a los hippies del IPCC cosas como: “la contención del cambio climático pasa por un giro copernicano a nivel tecnológico, institucional y humano de inicio inmediato, implicación global y sustanciosas inversiones”[1].

La paz y la tranquilidad nunca han sido cosa fácil de mantener. La primera guerra mundial quizás sea el ejemplo más cercano a este punto; ella vino como una durísima lección a que el imperialismo no era un sistema sostenible. Y así lo hará –si no lo detenemos– el cambio climático con el nuestro.

El sistema político-económico actual nos ha fallado gravemente y no hay mejor muestra de ello que lo que ha pasado estos días. Las instituciones deslegitimadas por múltiples escándalos; la inoperancia transversal la clase política –en general– para hacer frente a las crisis (más patentemente en la actual); la desigualdad y poca cohesión social; entre otros problemas, muestran ser la causa de un profundo descontento que se desató como un terremoto estos días. Y considerando que la –todavía abstracta– crisis climática y ecológica es la mayor amenaza para que en el futuro todos estos problemas tengan solución, se vuelve claro que nuestra institucionalidad, y sociedad, deben cambiar radicalmente.

Nadie votó, ni lo haría, por una situación en que el colapso de los ecosistemas amenace a toda la vida en la tierra –animales, agricultores, jóvenes, trabajadores, empresarios, etc– con climas extremos, sequías, inundaciones, hambrunas y migraciones masivas[2]. El sistema ha fallado también en que las personas posean la información que merecen sobre la amenaza que esto representa a sus vidas y a los diferentes programas sociales que hoy exige la ciudadanía; y en vez de eso ha permitido que prolifere la posverdad y desinformación que hoy en día amenazan a nuestras democracias y la integración social.

El problema es mucho más complejo de lo que la mejor de las voluntades políticas en Chile pueda conseguir; y aún estamos lejísimos de siquiera atisbar esa voluntad. Los problemas en Chile –sociales y medioambientales– nunca conseguirán siquiera un plan de desarrollo efectivo a largo plazo si no hay un acuerdo mundial en una ruta para el desarrollo justo y equitativo de todos los países. Esta ruta –de hecho–, creo que ya está algo esbozada en los 17 objetivos de desarrollo sostenible que propone la ONU; pero lo que falta es lo más difícil: real voluntad política, a nivel mundial.

¿Por qué las soluciones son necesariamente globales? Por el carácter intrínseco de los problemas que nos aquejan. En el caso del medio ambiente es mas obvio; las emisiones de CO2 que produce Chile tanto como las de EEUU, quedan en la atmosfera mundial y nos tienen a todos fritos. En el caso de los problemas sociales: ¿creen que la desigualdad es un problema chileno?, en nuestro mundo, 26 (veintiséis) billonarios tienen la misma riqueza que aprox 3.800.000.000 personas. Si el 1% mas rico del mundo pagara 0,5% mas de impuestos alcanzaría para educar 262 millones de niños y salvar 10.000 vidas cada día.[3] Y así hay más ejemplos que van mas allá de la comprensión individual. Si no hay reglas globales para evitar este tipo de locuras, todo proyecto económico, por bien intencionado que sea, está condenado al fracaso (por ejemplo, subirles demasiado el impuesto a los ricos de nuestro país, podría terminar haciendo que se lleven toda su riqueza a otro). Y más allá de si esto es inmoral o no (hay gente que piensa que no), este sistema –lo sabemos por evidencia empírica– nos está hundiendo a todos y afecta los derechos humanos de millones de personas: hoy y en el futuro. Cambiar radicalmente este sistema es algo que exige la Justicia y, fundamentalmente, el derecho a la vida.

El sesgo del rostro identificable –de que nos preocupa y motiva a actuar más lo que podemos ver y sentir o, en otras palabras, lo mas cercano– es en el fondo –quizás– la fuente para el nacionalismo irracional que impediría que estas necesarias medidas se implementen, que, en definitiva, todos necesitamos. Otros desafíos, graves, también necesitan de soluciones globales, como la regulación de la inteligencia artificial, las empresas multinacionales, y la posibilidad de una guerra nuclear.

Y aunque no sintamos en nosotros el riesgo que representan estos problemas para nuestras vidas, todo esto es muy real, y, por lo tanto, necesitamos sentirlo. Cuando oímos las sirenas de una ambulancia, sabemos lo que pasa, conectamos emocionalmente con la emergencia que representa. Si estamos en medio del desastre y no oímos las sirenas, sabemos que la solución está muy lejos; y las personas, están por morirse. Hoy, en Chile, estamos sintiendo las sirenas, pero: ¿será la ambulancia que necesitamos?

Creo que solo hay un movimiento que está a la altura de la acción que necesitamos para salvar nuestro planeta y su vida: extintion rebellion. Este posee la centralización de valores necesaria (que genera unidad) y la descentralización de poderes (que genera poder efectivo) para que el mundo reaccione y, mediante el apoyo progresivamente masivo de la población (la cual está, como dije, en su totalidad afectada) comience a tomar las medidas difíciles y costosas, pero necesarias, para crear un nuevo mundo.

¿Cómo haría esto? Con más democracia, y mi punto fundamental para Chile. El movimiento, en su tercera y última demanda, propone crear una asamblea ciudadana (conformada por personas elegidas, mediante cuotas representativas de la sociedad, aleatoriamente); para tomar las difíciles decisiones (y, por lo tanto, siendo antes aconsejada por expertos de las distintas áreas del saber) sobre el cambio climático y quizás otros problemas pertinentes. Al estilo propio de la antigua democracia griega. Creo que esto debería ser parte fundamental de un posible nuevo pacto social que urge en Chile, para dar legitimidad a nuestra desmedrada institucionalidad.

Y es que también las crisis pueden y deben ser vistas como una oportunidad. Poseemos los medios, la inteligencia y la sabiduría para crear un sistema mundial que pueda integrar armónicamente nuestra especie con el mundo, mediante reglas que toda la especie respete. Este tipo de asambleas, repartidas por todo el mundo, pueden hacerlo. La gente debe exigirlo. Mediante valores compartidos que creen una cultura regenerativa a nivel mundial, y actuando mediante la desobediencia civil no violenta –creando un movimiento masivo– contra este injusto sistema, podemos hacer que este cambie hacia un mundo mejor.

Por Clemente Pérez – Estudiante de College de Ciencias Sociales