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El Gobierno francés fija como prioridad recuperar la cohesión de un país fracturado

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El nuevo primer ministro, Jean Castex, se declara un “gaullista social”.

Desde su tumba en Collombey-les-Deux-ÉglisesCharles de Gaulle, fallecido hace 50 años, debe de estar orgulloso –y a la vez preocupado– de que su obsesión por cohesionar Francia, por unir, por rassembler (reagrupar) a ciudadanos de orígenes e ideologías diversos bajo los valores de la República y del interés general esté de plena actualidad.

El nuevo primer ministro, Jean Castex, se ha declarado un “gaullista social” y ha prometido velar “por los territorios y la vida cotidiana de la gente”. En su primera declaración ante el Parlamento, reconoció que Francia es un país dividido y crispado. “Nuestra primera ambición, inmensa, será reconciliar esas Francias tan diferentes, soldarlas o resoldarlas, hacer que, de una parte y de la otra, nos reconozcamos y nos comprendamos”, dijo.

Que Castex hablara de Francias, en plural, fue significativo. “Hay muchas Francias que se sienten lejos y dejadas de lado, la Francia de los suburbios, la Francia rural, la Francia de los valles, la Francia de ultramar, las Francias llamadas periféricas, la Francia de aquellos, incluido el corazón de nuestras ciudades, que no tienen derecho a la palabra”, prosiguió el premier. Para Castex, “la prioridad de las prioridades” será desarrollar el mundo rural, que ha perdido población y servicios públicos, mientras que el empleo y el dinamismo se concentran cada vez más en las aglomeraciones urbanas. E insistió en que esas Francias periféricas “son nuestro país, tanto como la Francia del éxito económico, científico, industrial y cultural de la que estamos legítimamente orgullosos”.

La creciente fragmentación de la sociedad francesa es un tema recurrente de los sociólogos y politólogos en los últimos años. Castex apuntó varias Francias. ¿Cuántas hay? Son diversas las líneas de fractura que dividen el país –de carácter geográfico, social, religioso y cultural– y a menudo se solapan.

PROMESA DEL PREMIER

“Nuestra primera ambición, inmensa, será reconciliar esas Francias tan diferentes”

Una realidad evidente es la Francia de ultramar, formada por una docena de departamentos o territorios en los que viven 2,2 millones de personas. Van desde las islas de Martinica Guadalupe, en las Antillas, hasta Mayotte Reunión –en el Índico–, la Guayana francesa (en Sudamérica) o la Polinesia francesa y Nueva Caledonia, en el Pacífico. El desfase económico y social respecto a la metrópoli es muy acusado. Aunque sus ciudadanos tienen los mismos derechos, el pasado colonial sigue siendo una hipoteca.

Otra línea divisoria, delicada de admitir y de gestionar, es la religiosa. Para Francia, un país oficialmente laico, es difícil la coexistencia con una población musulmana que alberga una minoría radicalizada. No hay cifras exactas. Según el Pew Research Center americano, especialista en este tipo de estudios, los musulmanes –practicantes o no– eran unos 5,7 millones en el 2016, un 8,8% de la población.

El presidente Emmanuel Macron aún tiene pendiente un gran discurso para abordar la problemática del islam francés y el encaje de los musulmanes en la Francia laica. El objetivo es que los valores de la República, como la igualdad entre el hombre y la mujer y el derecho a la educación, no estén en peligro por la preeminencia de principios o prácticas religiosas de comunidades concretas, lo que aquí se denomina “comunitarismo”.

Lo que Castex tenía en mente en su discurso, sin embargo, no eran tanto las fracturas étnico-religiosas como las económicas y sociales, si bien suelen estar vinculadas. Su intervención parecía influida por un ensayo que tuvo mucho impacto hace unos años La France périphérique , del geógrafo social Chistophe Guilluy. Este libro fue profético sobre fenómenos como la revuelta de los chalecos amarillos. Guilluy analizó la lenta pero inexorable implosión de la clase media y el caldo de cultivo para los radicalismos políticos y el auge de la ultraderecha de Le Pen en zonas suburbiales populares, periurbanas y rurales empobrecidas. “Es en estos territorios, desde la base, donde la contrasociedad se estructura y rompe poco a poco con las representaciones políticas y culturales de la Francia de ayer”, escribió Guilluy. Según el ensayista, se ha ido formando un espacio sociocultural formado por jóvenes precarios, empleados modestos, pensionistas y pequeños agricultores que aún no tienen conciencia de clase pero “comparten la misma percepción de los efectos negativos de la globalización”.

Desfases crecientes

Las líneas de fractura son múltiples y se solapan: geográficas, sociales y culturales

El año pasado se publicó otro libro que tuvo mucha repercusión, L’archipel français, de Jérôme Fourquet. Según este sociólogo del instituto demoscópico Ifop, Francia se ha convertido en un archipiélago de islas socioculturales cada vez menos conectadas entre sí. A los factores económicos disgregadores se añaden otros cambios menos evidentes, como la desaparición del servicio militar obligatorio, la drástica caída en la participación en colonias juveniles de vacaciones o el hundimiento de los partidos políticos tradicionales, como el comunista –le llama “iglesia roja”– en los que convivía gente de extracto social e intelectual muy diverso. Eran lugares de cohesión nacional, aglutinadores de sentimiento colectivo.

Una de las fracturas hoy más decisivas es la educativa, la que separa a las personas con estudios superiores de las que no los tienen. Las primeras resisten y prosperan en los sectores ligados a la internacionalización de la economía. Las segundas sufren y ven erosionarse su nivel de vida. Eso agudiza el resentimiento, por ejemplo, entre las élites parisinas y la población periférica.

La crisis de la Covid-19 y el confinamiento han puesto aún más en evidencia estos desequilibrios. La Francia privilegiada, en educación y en empleos, ha podido, en general, seguir teletrabajando. La otra Francia ha perdido su trabajo, ha quedado en paro temporal o no tenía otra alternativa que seguir trabajando de modo presencial, arriesgando su salud con desplazamientos en transporte público y mucho más contacto social.

Castex es consciente de que esa grave dislocación del país debe corregirse con urgencia, o al menos convencer a la ciudadanía de que el poder la toma en serio. El gaullismo social puede servirle de guía ante este fenomenal desafío.

Gana terreno la mascarilla

El uso de la mascarilla en los espacios al aire libre aún no es obligatorio con carácter general en Francia, aunque los prefectos están facultados para decretar la medida si en sus territorios la pandemia muestra signos de acelerarse. Es lo que ha ocurrido en parte de la ciudad norteña de Lille, en Le Touquet (Paso de Calais) –donde Macron posee una casa–, o en 69 municipios del departamento de Mayenne, en el País del Loira. Las autoridades francesas han pasado de desaconsejar la mascarilla, al inicio de la pandemia, con el argumento de que no era fácil llevarla correctamente y que podía ser contraproducente, a decretar su obligatoriedad en espacios cerrados y aconsejar llevarla al aire libre cuando hay acumulación de gente. En Francia han muerto 30.265 personas de la Covid-19. El viernes se contabilizaban 258 focos activos.