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El liberalismo y la Covid-19

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El impacto de la crisis socioeconómica que generará la pandemia alterará más aún la relación entre satisfechos e insatisfechos socialmente, con el riesgo que ello comporta

Por: Fernando de la Cierva

Hace casi sesenta años, Bob Dylan componía ‘Los tiempos están cambiando’, reflejando el estado de ánimo de una generación que quería que todo cambiase. En aquel momento era un cambio que se veía venir y aquel fue su himno. Hoy en día todos somos conscientes también, como entonces, de estar viviendo momentos de cambio. La globalización, la transición digital, los populismos y nacionalismos emergentes, el cambio climático, demasiados factores a la vez que generan una situación de incertidumbre que nos hace cuestionarnos si perderemos nuestros empleos frente al auge de la inteligencia artificial, si viviremos cien años, o más, gracias a los avances biomédicos, si Estados Unidos seguirá siendo el líder democrático mundial o si lo será una China que lidere el comercio libre. En definitiva, si el orden liberal y democrático en el que hemos vivido todos estos años y que ha ordenado el mundo sirve para dar respuesta a todas nuestras incertidumbres.

En esas estábamos, que no es poco, cuando llegó la maldita Covid-19. Todo se precipitó, de pronto sentimos la fragilidad de nuestra sociedad, cómo la OMS, la Unión Europea o nuestro propio Gobierno quedaron manifiestamente desbordados, sin saber muy bien qué respuesta dar ante la pandemia. La sociedad, hija de la cultura de la satisfacción de la que hablase John Kenneth Galbraith, al borde del precipicio por una simple molécula. Estamos no solo ante una crisis sanitaria, sino ante una crisis económica y social, que el FMI dice que causará la mayor crisis desde la Gran Depresión. Sin duda, es la mayor encrucijada que ha vivido el mundo en muchísimos años. No sé si el virus va a cambiar el mundo, pero sin duda va a acelerar todos esos cambios que ya estaban pasando. La clave será ver en qué sentido.

Estos días leemos y escuchamos cómo se plantean dudas tales como si la pandemia supondrá frenar la globalización, si aumentarán los nacionalismos, si el paro galopante que se avecina avivará los populismos, qué país será el nuevo líder mundial, la supervivencia o no de la Unión Europea ante la falta de respuesta colectiva a la pandemia… Éstas y otras dudas evidencian que necesitamos dar una respuesta sostenible, si queremos impedir la propagación generalizada de la llamada democracia populista, a la que la actual situación está creando un caldo de cultivo propicio.

El deseo individual de libertad se enfrenta hoy con la pregunta de qué libertad debe prevalecer al chocar la de unos con la de otros

De la Gran Depresión, a la que nos remite el FMI, salimos con el ‘new deal’ de Roosevelt. Fue el liberalismo, la democracia liberal, la que lo hizo posible, como igualmente la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, a partir del modelo de economía social, fue obra también de la democracia liberal. El mundo tal como lo entendemos, desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, es hijo del liberalismo, fruto de la democracia liberal. Y será la democracia liberal, o no será, la que nos saque de esta situación, una vez más.

El liberalismo ha sabido reinventarse en el pasado y hoy debe volver a hacerlo. Y, para ello, hace falta capacidad crítica, ha de realizar un esfuerzo para poder dar respuesta en términos de justicia colectiva. Hablaba J. K. Galbraith, en ‘La cultura de la satisfacción’, de que las sociedades avanzadas del mundo occidental se configuran no en torno a clases sociales ni en función de esquemas políticos partidistas, sino en base a dos grandes grupos. Por un lado, la Mayoría Satisfecha y por otro lado la Subclase Funcional. La posición económica y la actitud ante la participación política de ambos grupos sociales configuran el funcionamiento real de las democracias. El esquema es simple. En las sociedades modernas, la distribución entre los satisfechos y los que no alcanzan el nivel de renta preciso para sentirse satisfechos condiciona la estabilidad social y los equilibrios políticos democráticos. La pasada crisis de 2008 ya ha supuesto, según la OCDE, un significativo descenso de la clase media, con lo que la paridad entre satisfechos y no satisfechos ya estaba en un punto, digamos, delicado, que como hemos visto ha favorecido el auge de populismos de todo corte. Resulta obvio que el impacto de la crisis socioeconómica que generará la pandemia alterará más aún la relación entre satisfechos e insatisfechos socialmente, con el riesgo que ello comporta. Los últimos datos del paro en España son más que preocupantes en dicho sentido.

Solo un liberalismo inclusivo, crítico, inconformista, dialogante, dispuesto a liderar la centralidad política podrá dar una respuesta a las incertidumbres de nuestro tiempo. Hemos de ser conscientes, y la historia también nos lo enseña, de que si la democracia liberal no es capaz de dar una respuesta sostenible en términos de justicia colectiva, lo que tendremos será el éxito seguro de la dictadura de la mano de las llamadas democracias populistas.

No debemos olvidar que el liberalismo nació, gracias a la reforma protestante, como una conducta virtuosa de liberalidad hacia los otros. Se trata de encontrar la fórmula para conciliar la libertad individual con la responsabilidad social, algo que a veces olvida el neoliberalismo. La relación ente sociedad satisfecha y no satisfecha volcará la balanza hacía la democracia liberal o hacia la dictadura populista. Esto, en lo que ya estábamos, se ha acelerado exponencialmente por el coronavirus. En este sentido, resulta interesante el libro ‘Libertad cualitativa’, de Claus Dierksmeier, donde distingue entre libertad cuantitativa y cualitativa, defendiendo esta última por ser capaz de dar respuesta tanto a las libertades individuales como a las sociales.

El deseo individual de libertad se enfrenta hoy con la pregunta de qué libertad debe prevalecer cuando la de unos choca con la de otros. Para poder afrontar los retos sociales, tecnológicos, ecológicos y de todo tipo a los que nos enfrentamos y combatir los populismos hace falta una reorientación del liberalismo que priorice la calidad de nuestra libertad sobre la cantidad de la misma. En este sentido, coincido con el profesor Dierksmeier en que otra globalización es posible y tal vez necesaria. Probablemente, el profundo desastre socioeconómico que traerá la Covid-19 no haga más que evidenciarlo.

Bastaría con aprender de la historia y no utilizar la misma para arrojárnosla a la cara y dividir la sociedad. El mundo superó la Gran Depresión y el desastre de la Segunda Guerra Mundial gracias a la democracia liberal, pero no en términos de neoliberalismo radical, sino en términos de liberalismo inclusivo. Con el ‘new deal’ y con el Plan Marshall, ese liberalismo cualitativo que busca una mayoría social satisfecha es el único camino históricamente para superar situaciones de grave crisis donde los populismos son la alternativa. Los últimos cien años de historia bastan para demostrar que solo la democracia liberal ha traído bienestar y libertad. Los radicalismos de izquierdas y los populismos de todo signo solo trajeron enfrentamientos y muerte.

Por eso estos días que en España los unos ofrecen pactos grandilocuentes y los otros desconfían del ofrecimiento, sería deseable que todos abandonen el tacticismo, el verlo todo bajo el punto de vista mediático y demoscópico y que, desde la responsabilidad, revisen lo que sucedió en los últimos cien años en todas las grandes crisis. Podrán así comprobar que el populismo y el nacionalismo no solo no solucionaron ninguno de los grandes problemas, sino que habitualmente fueron la causa o parte de los mismos. Los unos deberían entender que de la mano del populismo extremo su credibilidad es práctica e históricamente nula y los otros deberían dejar de competir con el populismo para mostrar su cara más constructiva y centrada, para entre todos generar las mayores cotas de satisfacción social en pro de preservar la democracia liberal, único garante real de la democracia y del estado del bienestar.

 

Vía: La Verdad.es