{"id":2935,"date":"2018-01-03T08:23:08","date_gmt":"2018-01-03T12:23:08","guid":{"rendered":"https:\/\/ciudadliberal.cl\/?p=2935"},"modified":"2018-01-03T08:23:08","modified_gmt":"2018-01-03T12:23:08","slug":"el-liberalismo-que-fue-y-el-que-sera","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/ciudadliberal.cl\/?p=2935","title":{"rendered":"El liberalismo que fue y el que ser\u00e1"},"content":{"rendered":"<p>Por <a href=\"http:\/\/www.letraslibres.com\/autor\/jesus-silva-herzog-marquez\" hreflang=\"es\">Jes\u00fas Silva-Herzog M\u00e1rquez<\/a><\/p>\n<div class=\"article-text-wrapp\">\n<p>En la introducci\u00f3n al volumen que prepar\u00f3 sobre la teor\u00eda pol\u00edtica francesa contempor\u00e1nea, Mark Lilla denunciaba el provincianismo intelectual de los estadounidenses. El mundo angl\u00f3fono hab\u00eda insertado un abismo para separarse del \u201ccontinente\u201d. El profesor sospechaba que la raz\u00f3n de este nacionalismo filos\u00f3fico era una especie de encierro liberal. En aquel pr\u00f3logo que <em>Letras Libres <\/em>public\u00f3 en noviembre del 2000, Lilla se abr\u00eda, por una parte, a la diversidad de las tradiciones liberales y ped\u00eda, por la otra, confrontar las razones del antiliberalismo. Quer\u00eda terminar con lo que describi\u00f3 como una guerra fr\u00eda en la filosof\u00eda pol\u00edtica. En los ensayos que ha escrito desde entonces se ha dedicado precisamente a eso. Siguiendo la ruta trazada por Isaiah Berlin, ha pensado en las seducciones del antiliberalismo usando con frecuencia el retrato biogr\u00e1fico para ilustrarlas. En <em>Pensadores temerarios <\/em>abord\u00f3 el magnetismo que el poder absoluto ha ejercido sobre los intelectuales. En <em>El Dios que no naci\u00f3 <\/em>defiende la provechosa oscuridad de la pol\u00edtica moderna: esa decisi\u00f3n de Occidente de mantener su pol\u00edtica a salvo de la revelaci\u00f3n. Si el experimento funciona tendr\u00e1 que basarse solamente en nuestra lucidez. En <em>La mente naufragada <\/em>examina los atractivos del radicalismo reaccionario. C\u00e1psulas biogr\u00e1ficas que permiten a Lilla polemizar con Foucault y con Schmitt; con Leo Strauss y con Derrida. Estampas que restituyen el sentido y el poder de las ideas. Vidas con ideas; ideas vivas.<\/p>\n<p>En su ensayo m\u00e1s reciente puede leerse al mismo polemista liberal dispuesto a encarar al adversario. En el libro que podr\u00eda traducirse como <em>El liberalismo que fue y el que ser\u00e1: despu\u00e9s de la pol\u00edtica de la identidad, <\/em>publicado este a\u00f1o por Harper se percibe, sin embargo, un tono distinto. Lilla no habla ya de la historia de las ideas pol\u00edticas y su remoto influjo, sino del discurso p\u00fablico de hoy, de la estrategia intelectual de los partidos, de las t\u00e1cticas de comunicaci\u00f3n de los pol\u00edticos. Desde luego, en todas sus contribuciones se advierte la persuasi\u00f3n de que las ideas cuentan, de que la imagen que nos formamos de la historia y del conflicto, de la ley y de la justicia importa para configurar la experiencia pol\u00edtica. Pero en este alegato hay un sentido de urgencia que no aparece en sus bosquejos biogr\u00e1ficos. Tambi\u00e9n, habr\u00eda que decirlo, cierta torpeza en abordar las complejidades de lo inmediato.<\/p>\n<p>El libro extiende el argumento que expuso en el <em>New York Times<\/em> en noviembre de 2016 y que desat\u00f3 una tormenta. Al art\u00edculo sigui\u00f3 una catarata de r\u00e9plicas en la prensa y en las redes. Apenas un par de semanas despu\u00e9s de la elecci\u00f3n presidencial, Lilla se\u00f1alaba a la ret\u00f3rica de la identidad como culpable de la victoria de Donald Trump. El golpe de la elecci\u00f3n estaba todav\u00eda fresco, la incredulidad sobre lo acontecido segu\u00eda pesando en el \u00e1nimo p\u00fablico y Lilla propon\u00eda una explicaci\u00f3n sencilla. El discurso de Hillary Clinton, continuando una inercia ya vieja, condujo al desastre. Al hablar insistentemente de la condici\u00f3n de las mujeres, de los afroamericanos, migrantes y homosexuales remarcaba una fractura que termin\u00f3 siendo aprovechada por los republicanos que hablaban el lenguaje de la naci\u00f3n. Los dem\u00f3cratas, lamentaba Lilla, han dejado de hablar de la ciudadan\u00eda para hablar de las mujeres transg\u00e9nero. El llamado a las particularidades es, a juicio del profesor de Columbia, una resta electoral. El discurso hacia las minor\u00edas est\u00e1 condenado a ser minoritario porque no apela a la experiencia com\u00fan de la ciudan\u00eda sino a una condici\u00f3n incomunicable de opresi\u00f3n particular. El discurso de la identidad podr\u00e1 resultar gratificante, pero es pol\u00edticamente ineficaz. El argumento lo expon\u00eda abiertamente Steve Bannon durante la campa\u00f1a electoral: hablen de racismo todo lo que quieran, denuncien la discriminaci\u00f3n todo el tiempo; mientras m\u00e1s lo hagan m\u00e1s votos tendremos. A Lilla no le ofende la coincidencia. No la entiende como un acuerdo ideol\u00f3gico, sino como la aceptaci\u00f3n de un hecho innegable.<\/p>\n<p>La crisis del liberalismo estadounidense es vista, as\u00ed, como una crisis de la imaginaci\u00f3n. Es el discurso, el lenguaje, lo que ha dejado de funcionar. Retomar el rumbo ser\u00eda encontrar el nuevo acento, el nuevo tono para nombrar el mundo. Habr\u00eda que hablar distinto: no de lo que separa a la sociedad sino aquello que la une o aquello que debe unirla, esa experiencia com\u00fan que permite integrar a todos en un proyecto nacional. Si es necesario hablar de las desigualdades, debe hacerse cerrando los ojos al color, el g\u00e9nero, la clase, la identidad sexual o la condici\u00f3n migratoria. Se debe pensar la pol\u00edtica con la escuadra del liberalismo c\u00edvico: todos los ciudadanos id\u00e9nticos a los ojos de la ley y nada m\u00e1s.<\/p>\n<p>Sugiere Lilla que el liberalismo ha de ser refractario a cualquier convocatoria identitaria. Lo dice, vale subrayarlo, m\u00e1s por razones estrat\u00e9gicas que filos\u00f3ficas. Es cierto que no est\u00e1 expuesto aqu\u00ed el boceto de un liberalismo herm\u00e9tico a la denuncia de la desigualdad. Quisiera, de hecho, inscribirse en la tradici\u00f3n del progresismo liberal. Lo que denuncia es, ante todo, la ineficacia electoral del relato de las particularidades oprimidas. La pol\u00edtica de la identidad subordina la eficacia a la expresi\u00f3n: es desahogo, no estrategia. Pero parece un liberalismo insensible a la realidad. Concentrado en los pecados de la comunicaci\u00f3n, Lilla pasa por alto las razones de la ansiedad contempor\u00e1nea.<\/p>\n<p>Es imposible tratar el argumento de Lilla solamente como un instructivo de campa\u00f1a. Su alegato tiene implicaciones conceptuales que merecen ser abordadas. El cr\u00edtico de la nostalgia reaccionaria cae en esa idealizaci\u00f3n de lo que fue. Hubo un tiempo en que el progresismo hablaba el lenguaje de la cordialidad c\u00edvica. Las demandas se expresaban en el lenguaje neutro de los derechos. No habr\u00e1 pol\u00edtica liberal si no aprendemos a hablarle a los ciudadanos simplemente como ciudadanos. Aqu\u00ed es donde la palabra clave del manifiesto de Lilla parece confusa. \u00bfPuede haber pol\u00edtica sin recreaci\u00f3n de sujetos colectivos? \u00bfHay pol\u00edtica sin identidades rivales? La gesti\u00f3n de la identidad p\u00fablica es una de las tareas centrales de cualquier actor pol\u00edtico: nosotros\/ellos. No es necesario adoptar el belicismo schmittiano para advertir la importancia pol\u00edtica de esa construcci\u00f3n de antagonismos. Cualquier agrupaci\u00f3n, todo grupo de inter\u00e9s que exige ser escuchado en el \u00e1mbito p\u00fablico fabrica una identidad. Lo hace necesariamente desde una posici\u00f3n de poder o de debilidad; desde la experiencia de la pobreza o desde el privilegio. M\u00e1s all\u00e1 del instante del voto nadie hace pol\u00edtica con la clave del elector.<\/p>\n<p>El historiador de las ideas no atiende la fuente de la que surgen. Parece decirnos que el discurso de g\u00e9nero es un capricho de las \u00e9lites progresistas, que la denuncia del racismo es una man\u00eda que distrae de lo importante. El Partido Dem\u00f3crata no necesitar\u00eda, en consecuencia, nuevas herramientas para abordar la exclusi\u00f3n, necesitar\u00eda un lenguaje apropiado que permita dejar de hablar de ella. Si aspira a alg\u00fan cambio, debe formularlo de modo tal que no ofenda a nadie. Puede tener raz\u00f3n Lilla al advertir el problema de la coalici\u00f3n electoral de los dem\u00f3cratas, pero dif\u00edcilmente puede aceptarse la propuesta que llama c\u00edvica.<\/p>\n<p>La batalla que emprende Lilla contra las identidades termina negando la intensidad del conflicto social, pasa por alto la necesidad de agregaci\u00f3n simb\u00f3lica y cierra los ojos al impacto del poder mismo. Al hacerlo apela a la brumosa abstracci\u00f3n del bien com\u00fan. El liberalismo de Lilla encalla, pues, en metaf\u00edsica.<\/p>\n<p>Fuente: http:\/\/www.letraslibres.com\/espana-mexico\/revista\/el-liberalismo-que-fue-y-el-que-sera<\/p>\n<\/div>\n<div><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Jes\u00fas Silva-Herzog M\u00e1rquez En la introducci\u00f3n al volumen que prepar\u00f3 sobre la teor\u00eda pol\u00edtica francesa contempor\u00e1nea, Mark Lilla denunciaba el provincianismo intelectual de los estadounidenses. El mundo angl\u00f3fono hab\u00eda insertado un abismo para separarse del \u201ccontinente\u201d. El profesor sospechaba que la raz\u00f3n de este nacionalismo filos\u00f3fico era una especie de encierro liberal. 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